Alleluia! Ecce ego, mitte me!


Budapest, Basílica de San Esteban, 17 de Septiembre de 2006

(Is. 50, 5-9; St. 2, 14-18;Mc. 8. 27-35)

Queridos hermanos y hermanas:

1- “Santificado sea tu Nombre” – Esta es la primera petición que hacemos en la oración más importante, el “Padrenuestro”, la oración que el mismo Jesús nos enseñó. La santificación del nombre de Dios constituye nuestro supremo deseo y exigencia. Hay casos en los que el cumplimiento de esta exigencia puede requerir de nosotros un alto precio para cumplir la voluntad de Dios: nuestra propia vida. Si, con esto en la mente, leemos el resto de la oración del Padrenuestro, comprenderemos más claramente lo que implica la santificación del nombre de Dios. “Venga a nosotros tu reino!” – significa que el reino de Dios ha de venir a nuestras vidas; la voluntad de Dios debe hacerse visible en la vida de los individuos y de las comunidades, lo mismo en este mundo que en el que está por venir. El que me ama, guardará mis mandamientos, dice Jesús. Cuando pedimos en el Padrenuestro que se haga la voluntad de Dios, estamos haciendo un gran compromiso: el de tratar nosotros mismos de cumplir la voluntad de Dios en todo. Hemos leído en la carta del apóstol Santiago: “De qué le sirve a alguno decir que tiene fe, si no tiene obras? …la fe, por sí misma, si no tiene obras, está muerta.” Nuestra fe cristiana nos urge a poner en práctica el amor al prójimo. Este amor puede requerir trabajo, caridad, el dar con generosidad – quizás bienes, o atención, o cuidado. También puede requerir lo que acostumbramos a llamar mortificación; es decir, renunciar libremente a algo que nos gustaría hacer, algo que consideramos deleitable, útil, entretenido, o aun necesario para nosotros.

 Pero el cumplir la voluntad de Dios, puede, a veces también, traer sufrimiento. Leemos hoy en Isaías: “El Señor me ha abierto el oído y yo no me he rebelado, no me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a los que me halaban la barba. No volví la cara ante los insultos y salivazos.” Las palabras de Evangelio se inscriben en este contexto dramático. Libre frente a las expectaciones de sus contemporáneos, Jesús anuncia quién realmente es Él. Y nos deja la tarea de aprender de Él. Tenemos que aceptar y aprender su manera de ser y actuar, y ajustar a ella nuestra vida. Si decimos que lo hemos aceptado, que somos también sus discípulos, no podemos entonces seguir el camino que nosotros pensamos que es el suyo. Tenemos, más bien, que contemplar a la persona de Jesús, ponderar una y otra vez cuál sea su forma, y buscar qué es lo que Él realmente nos pide. Y puede que no lo encontremos muy atractivo; que no sea esa la vía que nos hubiera gustado escoger para nosotros. Puede resultar más difícil de lo que nos habíamos imaginado; sin embargo, si reconocemos que éste es el camino que Él nos llama a seguir, seremos capaces de perseverar en él con alegría. Dice Jesús: El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga! Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará."

2- Hoy, en esta Santa Misa, de acuerdo con el decreto de nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, proclamamos Beata a Sára Salkaházi, Hermana Social; y al hacerlo, ganamos en su persona un ejemplo a la vez que una intercesora.

Tenemos en ella un ejemplo de testimonio por Cristo – ya que éste es el sentido original del martirio cristiano. Este testimonio es al mismo, tiempo, una santificación del nombre de Dios; se manifiesta en las muchas obras de su vida, pero sobre todo y en primer lugar, y en el sentido estricto de la palabra, se realiza en la muerte que ella acepta por su fe, y en fidelidad a Cristo. Sára Salkaházi fue una mujer inteligente y dotada, de mentalidad abierta y en búsqueda de sentido profundo. Obtuvo un título en Educación y probó sus talentos en el periodismo, la literatura y la política. Se sintió especialmente inclinada a dedicar su vida al servicio de los necesitados. Por tanto, abrazó el llamado a la vida religiosa y entró en la Sociedad de las Hermanas Sociales, Comunidad que representaba la forma más moderna de vida consagrada en los años 20 y 30 del pasado siglo. Como periodista y organizadora comunitaria, intentó ayudar a los más pobres entre los pobres; además de organizar comedores, dedicó especial atención a la dignidad de la mujer, identificándose con sus muchas dificultades. La visión cristiana de la Hna. Sára pudo captar cómo pesaba la carga del trabajo, la familia y la sociedad sobre los hombros de la mujer de la clase trabajadora, que criaba a sus hijos en medio de la pobreza. También se dedicó la Hna. Sára a la formación de las jóvenes, fundando el movimiento de Mujeres Católicas, Hizo sus Primeros Votos en 1930, pero sólo diez años más tarde le permitieron hacer sus Votos Perpetuos. Sintió también el llamado a la misión, no sólo hacia las personas alejadas de Dios, sino incluso hacia las de países lejanos, de modo que aceptó la invitación para ir a Brasil, empresa que, sin embargo, nunca pudo materializarse. Las necesidades y sufrimientos de su propia nación reclamaban más y más su atención. Trabajó en muchas regiones distintas, incluyendo Sub-Carpathia, con sus circunstancias extremadamente difíciles...

Mientras tanto, iba sintiendo un deseo cada vez más profundo de ofrecer su vida a Dios como sacrificio. Hizo este ofrecimiento en 1943 en una oración cuyo texto conservamos hasta hoy. Ella quería ofrecerse como sacrificio de la Sociedad, en caso de persecución de la Iglesia, la Sociedad y las Hermanas. Un ofrecimiento tal de la vida constituye un momento muy dramático en las relaciones de un alma con Dios. Podemos verlo en el ejemplode muchos santos, en cuyas vidas Dios se involucró de manera personal; Dios nos escucha, y si lo que le pedimos está de acuerdo con su amor y sabiduría, acepta nuestro ofrecimiento y nos lo concede. El amor a Cristo impulsó a la Hna. Sára a ofrecer albergue a personas perseguidas por su posición política o por ser judías. Si sólo lo hubiera hecho por empatía habría aún merecido nuestro respeto. Pero más aún, lo hizo siguiendo el mandamiento que Cristo dijo ser el más importante de la ley: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo mandamiento es similar al primero. ama a tu prójimo como a tí mismo.” Ella no estuvo sola en el seguimiento de este amor. Junto con otras notables personas, como el Beato Vilmos Apor, el Cardenal Mindszenty, y sobre todo, su Superiora la Hna. Margarita Slachta y las demás Hermanas Sociales, asumió el riesgo de proteger a los perseguidos. Muchas otras casas de Sociedad de las Hermanas Sociales sirvieron como lugares de refugio. En la casa de Kolozsvar/ Cluj, cinco mujeres perseguidas se vistieron con el uniforme de las Hermanas, y en la Casa Madre, la Hna. Margarita Slachta escondió un buen número de personas, incluyendo hombres que, a menudo, tenían que ocultarse en el desván o en escaparates. Aquellos fueron días de miedo, un miedo tal que aún después de varias décadas, evoca ríos de lágrimas en los sobrevivientes. Y también fueron días de miedo por el riesgo que asumían las Hermanas. La Hna. Sára y sus Hermanas no figuraban entre los perseguidos, pero sus actividades estaban llenas de peligros. Es por eso que Sára se preocupaba por las Hermanas, y puede ser parte de la razón por la cual ofreció su vida por la Sociedad. Puede que también haya tenido en cuenta las noticias que llegaban de la Unión Soviética acerca de las torturas y masacres infligidas a sacerdotes y religiosas.

El Decreto de la Santa Sede, dice con verdad de la Hna. Sára , que fue asesinada como fiel discípula de Cristo: con su vida dio testimonio de su fe. El día 27 de Diciembre de 1944, cuando la fusilaron frente al Danubio junto con la catequista Vilma Bernovits y las personas que ella escondía en la casa de la calle Bokreta, la Hna. Sára acogió las balas de sus ejecutores con el signo de la cruz que solemnemente había trazado sobre sí misma. Acostumbraba decir a las jóvenes que intruía, que no hicieran la señal de la cruz rápida o desganadamente; sino que al hacerlo se pusieran sobre sí a Cristo crucificado, identificándose con Aquél a quien ese signo debía recordar.

3.- El testimonio y martirio de Sára Salkaházi contiene un mensaje actual para nosotros. No se trata de un mensaje sensasional ni de un titular que atraiga nuestras miradas. Es algo mucho más profundo que revela las raíces de nuestra humanidad creada. Cuando en aquella noche invernal, gris y nevada, la muerte se llevó a la Hna. Sára, el silencio cayó sobre su memoria. Su lugar quedó vacío. Se rumoraba la noticia de que también a ella la habían fusilado en el Danubio. Poco a poco fue tomando forma, primero entre las Hermanas, después también entre otros, el descubrimiento: entonces ella es una mártir! La Historia prosiguió su marcha y otra era apareció con otros tipos de miedo. Sin embargo, del silencio surgían más y más evidencias, así como palabras de reconocimiento y gratitud que se iban tornando más y más fuertes. Su nombre apareció en la lista de los “justos de la tierra” y su proceso de beatificación fue iniciado en la diócesis de Esztergom-Budapest. Nosotros iniciamos su proceso de beatificación porque, aún después de cincuenta años, su memoria seguía viva, y pensamos que sería muy conveniente ganar en su persona a alguien cuya intercesión pudiéramos suplicar y cuyo auténtico ejemplo pudiéramos seguir. Ese ejemplo no nos llega por medio de leyendas de un pasado distante, ni del rango de una familia real o aristocrática. Ella es cercana a nosotros y su ejemplo está a nuestro alcance! Ella es alguien de circunstancias modestas, que vivió la tormentosa historia húngara del siglo veinte, y nos dejó un ejemplo de la forma femenina de santidad.

Necesitamos el ejemplo de la Hna. Sára especialmente en este año jubilar. Hemos estado orando por la renovación espiritual de nuestra nación, en espíritu de penitencia y reconciliación. Una renovación así sőlo es posible en la verdad, la justicia y el amor, y en un espíritu que respete a la persona humana en los débiles y en los pobres, y que reconozca la dignidad humana como el valor supremo de la sociedad humana. La renovación y la reconciliación son necesarias, no sólo dentro de nuestra sociedad, sino también entre todos los pueblos de Europa Central y a través del mundo entero. Tenemos como guía y fuente nuestra fe Católica. Si seguimos sin reservas a Cristo, nuestra vidas enriquecerán a nuestros semejantes, a nuestra nación y al mundo entero. En los santos, la faz de Cristo resplandece para nosotros en las variadas situaciones de la vida y en todos los eventos de la historia. Los hombres y mujeres, jóvenes y viejos, niños de todas las razas y naciones pueden reflejar la faz de Cristo. Y la presencia de Cristo trae al mundo paz, esperanza y alegría; promesa y prenda de la vida y gloria eternas.

Nuestra Señora de Hungría, ruega por nosotros! Beata mártir Sára Salkaházi, ruega por nosotros! Padre celestial, que tu nombre sea santificado! Amén.

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